El sabor de la muerte

Por Sebastián Bertuccio



Si la esencia estuviera

inscripta en el cielo,

y un ojo infinito en constante vigilia

me enjuiciara a cada paso,

¿qué sería de mí durante el sueño

             o en el silencio de nuestros actos?

             Soy para vos, por haberme hallado dentro tuyo, amor.

Somos a donde vayamos el elemento que doblega al lema

del colaboracionismo: “La humanidad”.

Pero colaborar es otra cosa:

                    es besar una mejilla habitada por enlaces oníricos; es jugar con un niño que

nunca olvidará nuestra presencia jamás, aunque sólo haya sido una vez; es la mirada que

compadece a uno que vende medias en la vereda como disco rayado, y le compra porque

de soledad, todos sabemos; es un pescador que devuelve sus presas al río y aun sin presa

vuelve contento a casa.

A fin de cuentas, es saberse mortal,

y solo un paladar exquisito es capaz de crear. Y, si al fin y al cabo,

hemos de morir, que cada muerte sea una invención,

algo tan único como todo lo creado durante la vida.

Seamos justos, si la fatalidad

es amiga y consejera

hagamos de ella un

enigma que cifre todos los ocasos.